
El mes de marzo ha estado marcado por una escalada bélica en Oriente Medio. Desde el inicio del conflicto, los mercados han reaccionado: caídas en renta variable, repunte de volatilidad y escaladas en los precios energéticos, especialmente del crudo, ante el riesgo de disrupciones en el Estrecho de Ormuz.
Sin embargo, un análisis más pausado permite extraer conclusiones menos alarmistas. A lo largo de las últimas semanas, la capacidad de respuesta y efectividad de Irán ha decaído, mientras que Estados Unidos e Israel han logrado una clara superioridad militar, destruyendo gran parte de su infraestructura ofensiva. La probabilidad de una escalada regional se ha mantenido relativamente contenida.
El foco del mercado continúa estando en el Estrecho de Ormuz. El temor a un cierre prolongado ha sido el principal catalizador de las tensiones en los activos financieros. No obstante, diversos factores apuntan a que este riesgo podría ser limitado en el tiempo.
Por un lado, la propia capacidad operativa de Irán para bloquear de forma sostenida el tránsito marítimo parece reducida. Por otro, existen claros incentivos económicos y geopolíticos para evitarlo. China — uno de los principales socios de Irán — depende en gran medida de ese flujo energético y ha presionado activamente para mantener abierto el paso.
En el plano político, también se perciben señales de contención. La administración estadounidense, presionada por el impacto de los precios de la gasolina sobre el electorado y por la proximidad de las elecciones de medio mandato, tiene claros incentivos para evitar una escalada prolongada.
Asimismo, la percepción de estar actuando como un “títere” de Israel en lugar de priorizar la agenda “America First” sugiere una duración potencialmente limitada del conflicto.
De hecho, el discurso político ha evolucionado desde objetivos más ambiciosos hacia planteamientos más pragmáticos, centrados en contener el programa nuclear iraní más que en impulsar un cambio de régimen.
Las implicaciones para los mercados son claras: elevada incertidumbre en el corto plazo y caídas en los precios de los activos financieros, que continúan respondiendo principalmente a dinámicas emocionales en el corto plazo.
Para un inversor con horizonte de medio y largo plazo, la clave no está en anticipar cada giro del conflicto, sino en entender que la volatilidad forma parte inherente del proceso inversor.
La evidencia empírica demuestra que intentar ajustar las carteras en función de eventos geopolíticos suele resultar contraproducente. Los mayores errores de inversión se producen precisamente en estos momentos de incertidumbre, cuando las decisiones se ven condicionadas por el ruido y no por los fundamentales.
Desde Asset Growth, nuestro mensaje sigue siendo claro: disciplina, perspectiva, paciencia y templanza.
Si el escenario central continúa siendo el de un conflicto acotado y con impacto macroeconómico limitado, las caídas de mercado deben interpretarse más como una oportunidad que como una amenaza.
En este contexto, existen dos estrategias que hemos implementado.
La primera consiste en mantener posiciones, evitando decisiones impulsivas que puedan comprometer la rentabilidad futura.
La segunda, para aquellos inversores con capacidad y tolerancia al riesgo, consiste en aprovechar los ajustes en precios para incrementar la exposición a activos de riesgo.
No se trata de minimizar los riesgos — que evidentemente existen — sino de ponerlos en contexto.
Los mercados han demostrado históricamente una notable capacidad de adaptación, incluso en entornos mucho más complejos que el actual.
Las crisis — ya sean financieras, sanitarias o geopolíticas — terminan disipándose, mientras que el crecimiento económico y la creación de valor empresarial continúan su curso.